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Por Lucien Aubade, Mise en PlaceNone8 min de lectura
Guías caníbales. Topo: Decir que no significa nada

Guías caníbales. Topo: Decir que no significa nada

Estoy en un restaurante de alta cocina cuyo nombre prefiero no mencionar, frente a un mole que cuesta 850 pesos y sabe a traición.

El chef lo sirve con confit de pato y verduras de temporada, presentado en una cristalería que refleja la luz del comedor. El camarero lo describe como una «reinterpretación contemporánea de la tradición poblana». Cada palabra duele más que la anterior.

Tomo una cucharada. Luego otra. Busco algo que me recuerde por qué vine aquí. No lo encuentro. Lo que tengo delante es una técnica sin alma, un precio sin historia, un mole sin México.

Y entonces entiendo: al decir "topo" no estamos diciendo nada.

La salsa que nunca fue salsa

Porque el mole no es lo que crees. No es una receta que se aprende en YouTube, ni un plato que se pide para impresionar a los turistas. El mole es un sistema. Una arquitectura comestible de tiempo, territorio y tensiones que hemos convertido en un souvenir.

Decimos "mole poblano" como si eso bastara para explicar siglos de cocina ritual. Decimos "negro de Oaxaca" y creemos hablar de identidad, cuando en realidad repetimos un código ya filtrado por el marketing gastronómico.

Porque no hay un solo topo. Hay topos. Y cada uno cuenta una historia que no se puede encontrar en ningún menú.

El mole negro oaxaqueño puede contener más de 30 ingredientes, molidos durante horas en un metate. En San Pedro Atocpan, nueve de cada diez familias comienzan a prepararlo antes del amanecer. En la región de la Huasteca, existen moles caldosos que no aparecen en las guías turísticas. En Guerrero, se prepara el huaxmole, elaborado únicamente con huesos de res y que se come con las manos.

Cada variante responde a un paisaje específico: el suelo, el clima, las semillas que crecen allí y solo allí. Cada monumento es una forma de interpretar el territorio, de comprender lo que la tierra ofrece y cómo transformarla en algo que nutra no solo el cuerpo, sino también la memoria colectiva.

El laboratorio perdido

El mole no es una receta: es una técnica. Un laboratorio ancestral que requiere tostar chiles, molerlos en un metate y la lenta integración de especias que puede tardar días en revelar todo su carácter.

Cada chile se tuesta a una temperatura diferente. Cada especia requiere su propio tiempo. La molienda no es mecánica: es artesanal, intuitiva, transmitida de abuela a nieta en una cadena que lleva siglos funcionando sin manuales ni certificaciones.

Pero eso no encaja con la lógica de un restaurante moderno. Allí, el mole se prepara con una licuadora industrial, se espesa con harina y se endulza con chocolate comercial. Se sirve tibio, brillante por la grasa, con proteínas que jamás quisieron esa compañía.

Y pagamos, aplaudimos y subimos la foto a Instagram. Porque confundimos técnica con tradición, precio con autenticidad.

El topo de los demás

¿Quién prepara el mole que comemos en los restaurantes de Roma Norte? No son las mujeres que aprendieron de sus madres en Tlacolula. Ni los cocineros que aún lo muelen a mano en Santa María Atzompa. Son jóvenes chefs, en su mayoría hombres, que estudiaron gastronomía y leyeron sobre el mole en libros escritos por antropólogos que tampoco saben cómo molerlo.

Mientras tanto, los auténticos creadores de mole —porque así se les llama, creadores de mole, no «guardianes de la tradición»— siguen trabajando en mercados donde nadie los entrevista para revistas gastronómicas. Venden su mole a 40 pesos la porción. Sin adornos, sin historia de origen, sin mención en la Guía Michelin.

No hablan de "rescate cultural" ni de "patrimonio inmaterial". Hablan de supervivencia. De mantener un oficio que ha alimentado a familias durante generaciones. De resistir en un mercado que los ve como folclore, no como artistas.

Y mientras se resisten, aplaudimos a los chefs que "reinterpretan" su trabajo sin mencionarlos, sin pagarles derechos de autor, sin reconocer que lo que sirven es una traducción empobrecida de algo que nunca comprendieron del todo.

El recuerdo que duele

El mole chichilo solo se prepara para los velorios. Lo sé porque estuve en uno en la región mixteca de Oaxaca cuando falleció la abuela de una amiga. Las mujeres de la comunidad se organizaron desde el amanecer: tostaron chiles chilhuacle, molieron masa con ceniza y cocinaron durante horas un guiso que solo se prepara cuando alguien se ha ido para siempre.

No es un plato cotidiano. Es memoria cocinada. Un ritual transformado en comida. Una forma de procesar el duelo que no se aprende en las escuelas de cocina ni se explica en los libros de recetas.

Ese mole tiene un sabor terroso, casi mineral, que acompaña el dolor sin negarlo. No busca consolar: busca acompañar. Y al probarlo, uno comprende que hay sabores que solo aparecen en ciertos momentos de la vida. Que no todo puede mercantilizarse, convertirse en turismo o transformarse en una experiencia gastronómica.

Pero ese rico patrimonio también está desapareciendo. Los jóvenes emigran a las ciudades. Las abuelas mueren sin transmitir todos sus secretos. Y cuando alguien intenta documentarlo, lo que queda en papel es solo una sombra de lo que fue.

El topo que no existe

Regreso al restaurante de alta cocina. Me termino el plato porque detesto desperdiciar comida, pero cada cucharada confirma lo mismo: esto no es mole. Es una interpretación, una aproximación, un ejercicio estilístico que usa la palabra "mole" para justificar su precio.

Y no es solo este lugar. Es toda una industria alimentaria la que ha convertido el mole en una marca. Una etiqueta que se le pone a cualquier salsa espesa con chile y chocolate. Una narrativa para menús que intentan vender la identidad mexicana sin comprender México.

Pago la cuenta: 2400 pesos para dos personas. Con esa cantidad, en el mercado de Tlacolula, podría comer mole auténtico durante un mes. Mole hecho por manos que lo conocen desde la infancia. Mole que sabe como debe saber: a tiempo, a tierra, a técnica heredada.

Pero este lugar no aparece en las guías internacionales. No tiene estrellas Michelin ni galardones gastronómicos. Tiene algo mejor: tiene verdad.

Y sí, existe. Puedes encontrarlo, probarlo y defenderlo con tu paladar y tu bolsillo.

¿Dónde se puede encontrar al topo que realmente existe?

En el Mercado de Tlacolula (Galeana 2, Tercera Sección, 70400 Tlacolula de Matamoros, Oaxaca), a una hora de la ciudad de Oaxaca, Doña Carmen lleva 30 años moliendo chiles en el mismo metate de piedra volcánica que heredó de su madre. Su puesto no tiene nombre, pero cualquier taxista lo conoce: "el puesto de mole". Vende mole negro, rojo, amarillo y coloradito a 80 pesos la porción, servido en tortillas hechas a mano. Los domingos, se le agotan las existencias temprano.

En Cholula, el Mercado Cosme del Razo (Calle 3 Nte 3, Barrio de San Juan Calvario, 72760 Cholula de Rivadavia, Puebla) es el hogar de las hermanas Flores, quienes comienzan a preparar mole poblano a las cinco de la mañana. Su receta incluye 28 ingredientes, entre ellos chocolate Tabasco y chiles que ellas mismas seleccionan. No ofrecen servicio a domicilio ni aceptan reservas. Simplemente cocinan hasta que se agota.

En la Ciudad de México, el Mercado de Medellín (Mercado Medellín #20, Ciudad de México) esconde uno de los secretos mejor guardados: Moles Lupita, donde Guadalupe Hernández muele mole negro a diario y lo vende por kilo. Entre su clientela se encuentran restaurantes del barrio Roma que jamás mencionan el origen de su mole casero. Ella no se molesta en aclararlo: está demasiado ocupada cocinando.

Para quienes buscan una experiencia completa, Casa Crespo (Reforma 808, Ruta Independencia, Centro, Oaxaca) ofrece clases de mole donde aprenderán a tostar chiles, molerlos en un metate y comprender por qué cada especia se agrega en el momento preciso. No se trata de turismo gastronómico, sino de formación culinaria impartida por cocineros tradicionales que cobran un precio justo por compartir conocimientos ancestrales.

En Puebla, el Mercado de los Sabores (Av. 4 Pte. 1104, Historiadores, Puebla) alberga puestos atendidos por generaciones de cocineros de mole que compiten por la calidad, no por el precio. Sus moles poblanos contienen más de 20 ingredientes cada uno, se preparan en pequeñas cantidades y se venden frescos. Los lugareños llegan temprano, porque saben que lo bueno se agota rápidamente.

Lo que queda por decir

Salgo del restaurante con la certeza de que el mole se ha convertido en todo lo que no debería ser: un producto en lugar de un proceso, una marca en lugar de un recuerdo, una experiencia en lugar de comida.

Mientras camino por Polanco, pasando por restaurantes que venden comida mexicana para exportación, pienso en la absurda distancia que separa estos dos mundos. En una esquina, mole por 850 pesos que sabe a traición. A unas horas de distancia, mole por 80 pesos que sabe a verdad.

El problema no es que no existan moleras auténticas. El problema es que hemos creado un sistema gastronómico que las ignora, las invisibiliza y las utiliza sin reconocerlas. Un sistema que prefiere pagar fortunas por interpretaciones vacías en lugar de un precio justo por tradiciones vivas.

El mole, si lo analizamos detenidamente, resulta inquietante. No encaja en un menú degustación. No se ajusta a la lógica del restaurante moderno. No encaja en las fantasías gastronómicas de una industria que confunde tradición con tendencia.

Y precisamente por eso debemos seguir buscándolo. No el mole que se sirve en restaurantes caros, sino el otro. El que se encuentra en los mercados donde las manos saben lo que hacen. El que se resiste a ser simplificado, comercializado o convertido en una postal.

Esa salsa mole que, al probarla, te recuerda que hay cosas que no se pueden explicar. Solo se pueden sentir. Y elegir.

Porque decir "topo" no nos dice nada. Pero saber dónde encontrarlo lo dice todo.

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