Vino olvidado: Un libro sobre 500 años de vino en Perú
Matteo Enna y su esposa, Edith LB, siguen la pista de las viñas sin injertar del desierto peruano, plantadas en 1540 y salvadas de la filoxera. Un ensayo narrativo que vuelve a colocar a Perú en el mapa del vino sudamericano.
En 1540, entre las dunas de Ica, a noventa kilómetros del Pacífico, alguien planta un brote de vid.
De aquel primer gesto surgió una viticultura que aún se mantiene vibrante, cuya historia se reconstruye en 143 páginas en el libro "El vino olvidado. Quinientos años de raíces en el desierto peruano", escrito y publicado por Matteo Enna y su esposa Edith LB.
Un ensayo narrativo que arroja luz sobre un patrimonio poco conocido del Perú: las vides sin injertar que escaparon a la filoxera, la Quebranta (la variedad de uva autóctona que es la materia prima del Pisco) y los puquios, los canales de irrigación excavados por los Nazca hace dos mil años y que aún siguen en funcionamiento.
En este contexto histórico y agronómico, surge una pregunta realmente intrigante: ¿cómo es posible que un país que conserva uno de los legados vitivinícolas más antiguos del continente siga marginado en el mapa mundial del vino?
Este volumen nació de dos viajes a Perú y reconstruye la evolución de la viticultura de la región a través de dieciocho capítulos, acompañados por la sección bilingüe "Voces del Desierto" con contribuciones de la sumiller Lucero Villagarcía y la formadora Rosa Lyn Joy Way.
Todo comenzó en 1540, cuando Francisco de Carabantes introdujo los primeros esquejes de las Islas Canarias en Ica, dando inicio a una aventura vitivinícola que más tarde daría origen a la variedad chilena País. Durante siglos, el valle prosperó, alternando la producción de vino con la de pisco, el aguardiente creado para soportar los largos viajes a las minas de Potosí. Hasta que el terremoto de 1687, la reforma agraria de 1969 y las tensiones relacionadas con Sendero Luminoso relegaron la viticultura a un segundo plano, convirtiendo al pisco en un símbolo nacional.
Solo a partir de la década del 2000, marcas como Tacama, Intipalka, Santiago Queirolo y Tabernero han liderado la revitalización de la zona, que ahora se enfrenta a las amenazas del cambio climático y a la presión sobre los recursos hídricos.
Matteo Enna es originario de Baratili San Pietro, tierra de la Vernaccia di Oristano, y vivió su primera vendimia con tan solo cinco años junto a su abuelo, su padre y sus tíos. Tras trabajar en una de las principales plataformas de comercio electrónico de vinos de Europa, actualmente es director de tecnología (CTO) de una plataforma fintech que opera en el sector vitivinícola.
Su esposa, Edith LB, nacida en Lima, trabaja en el campo del bordado computarizado: a pesar de no tener formación formal en enología, en un año y medio ha catado más de ciento cincuenta etiquetas tanto del Viejo como del Nuevo Mundo, lo que le da al libro una perspectiva peruana.
La instantánea perfecta de un vínculo entre dos tierras diferentes, sellado en la dedicatoria dirigida a sus respectivas familias en Cerdeña y Perú: en el peor de los casos, como escriben los autores, "somos un injerto".
El volumen «El vino olvidado» destaca por su enfoque investigativo, más que como guía de cata. Los capítulos dedicados al tamaño del grano del suelo y a la «deuda invisible» con los antiguos constructores de los puquios son los más logrados: las tesis están bien argumentadas y las fuentes distinguen claramente entre datos objetivos y meras hipótesis.
La misma cautela se observa en el análisis de los viñedos. Si bien es cierto que las plantas actuales provienen de esquejes coloniales, es importante recordar que no todo el valle carece de injertos, y el impacto del portainjerto en el vino sigue siendo una incógnita.
Una obra reflexiva que cubre una importante carencia editorial. Lectura recomendada para quienes escriben, seleccionan o sirven vino, y para quienes desean añadir una nueva región a su mapa vinícola.
