O'Connell firma un libro de memorias mientras el personal de Inn at Little Washington alcanza los 258 empleados
El chef que construyó un teatro con 258 empleados en un garaje de Virginia finalmente ha firmado el contrato para publicar su propia historia, consolidando así un monopolio sobre un formato gastronómico que él mismo inventó para controlar a sus comensales.
Esta semana se firmó el contrato editorial, que garantiza el lanzamiento en septiembre del libro del hombre que transformó un garaje de Virginia en un monopolio gastronómico con 258 empleados. Patrick O'Connell dedicó cuatro décadas a construir un sistema que dicta con precisión qué comerá un cliente y cuánto pagará. El acuerdo ya está firmado.
El socio original que una vez buscaba comida en las colinas ya no está, borrado por completo de la mitología oficial de la finca. La tensión en una cocina siempre se manifiesta a lo largo de la línea divisoria de quién posee la escritura. El garaje está vacío.
Abandonar el formato a la carta en favor de un precio fijo nunca tuvo que ver con la pureza culinaria, sino con evitar que una mesa compartiera un solo plato de pasta. Pronto comprendió que controlar la secuencia de los ocho platos era la única manera de controlar el local y los ingresos. El menú degustación era una atadura.
Quien reserve una sala para la clase de cocina encontrará la misma fantasía campestre maximalista, con lámparas de araña Fortuny y un carrito de quesos con forma de vaca. El precio de la entrada, 388 dólares por persona, da derecho a sentarse dentro de una ilusión de abundancia rural meticulosamente recreada. Las palomitas de maíz con trufa son una delicia.
Bajo los premios James Beard y las estrellas Michelin, se esconde el temor latente de un público que ya no encuentra novedad en un menú degustación de ocho platos. Observa cómo la multitud exige más, mientras que los márgenes de beneficio de mantener a 258 empleados en una pequeña aldea reducen las ganancias a la mínima expresión. La montaña sigue creciendo.
En un año, el coste de mantener este teatro viviente obligará a una dura confrontación con los mismos comensales a quienes él mismo había acostumbrado a esperar un espectáculo interminable y un control absoluto. Las memorias venderán el mito del garaje, pero la realidad de la maquinaria del personal exige una inyección de capital que ningún flan de ajo asado genera. La factura llega.
